8 Decisiones para Amarte a Ti Misma: 3ra. Decisión

Antes de empezar a escribir este artículo, entró a mi cuarto mi pequeña sobrinita y me dijo “¡mira tía Minchi, mira mi boquita! Pude ver su boquita de color rojo, pues mi mamá le concedió el deseo de pintarle sus labios. Yo le respondí: “¡wow, que linda!”

Amiga, ¿te recuerdas cómo eras de niña? ¡así éramos! Queríamos aplicarnos el labial de mamá, queríamos usar sus tacones, sus joyas y que nos dijeran cuán bellas lucíamos. Dios nos concedió el don de Su belleza.

Cuando Dios creó a Adán, pudo percatarse que no era bueno que él estuviera solo:

Entonces Jehová Dios hizo caer sueño profundo sobre Adán, y mientras éste dormía, tomó una de sus costillas, y cerró la carne en su lugar. Y de la costilla que Jehová Dios tomó del hombre, hizo una mujer, y la trajo al hombre. (Génesis 2:21-22, RVR 1960).

Dios ya había creado el mundo, ya había creado las lumbreras del día y la noche. Ya había creado la naturaleza y todo ser viviente en la tierra. Luego, del polvo de la tierra, Dios sopló en su nariz aliento de vida para crear a Adán. Y, por último, creó a Eva, de una de las costillas de Adán. La obra de Dios no fue culminada con Adán, fue culminada con Eva, con nosotras las mujeres. ¡Cuán hermoso saber esto! Las mujeres somos la corona de la creación, somos la corona de Su belleza.

Dios nos concedió el don de la belleza, un don muy poderoso, pero al mismo tiempo peligroso. Nuestra belleza le habla al mundo y le dice que todo estará bien. Somos como un jardín que, al caminar entre tanta hermosura, nos traen sentimientos de paz y llenura. Nuestra belleza invita a que otros la recorran, la conozcan y se deleiten en ella. La belleza ofrece vida, consuela e inspira. La belleza nos acerca a Dios. Nuestra belleza puede invitar a otros a conocer a Dios y sentir Su paz. Somos la imagen corporal de la belleza de Dios. ¿Te imaginas? ¡Que privilegio! Y ¡Qué grande responsabilidad!

(Adaptación del libro “Cautivante”, de John y Stasi Eldredge).

Sin embargo, la mayoría de mujeres dudamos de nuestra belleza. Cargamos la gran duda ¿tengo una belleza genuina que revelar? Mi sobrinita esperaba que yo le respondiera lo linda que se miraba y ella recibió esa afirmación. Pero muchas de nosotras no recibimos esa afirmación de nuestros padres o de nuestros familiares más próximos. Aún cargamos la gran duda de, ¿soy hermosa?

Toda mujer es hermosa. ¡Tú eres hermosa! Y no solamente por fuera, sino también internamente. El problema radica en que nos ha costado mucho sanar nuestra belleza interna. Reestablecer la belleza interna lleva tiempo, es un proceso y necesitamos ayuda para lograrlo. Debido a que es difícil, la descuidamos y optamos por prestarle atención a la belleza externa. Nos afanamos en tener un cuerpo escultural, vamos al gimnasio por horas para no engordar. Hacemos dietas, no podemos salir de compras sin maquillaje, nos hacemos un nuevo corte de cabello, compramos nueva ropa… pero esto ¡no es suficiente! Nos sentimos tristes, porque seguimos con la misma duda ¿soy hermosa? Algunas en la desesperanza, caen en el descuido externo, descuidando su cuerpo y su imagen física. Y es un ciclo vicioso que parece no tener salida.

Nos esforzamos por tener una buena fachada, aparentamos que todo está bien. Cuando en realidad, estamos cubriendo lo que realmente lleva nuestro interior. Nos encerramos en ciclos repetitivos, de pensamientos de poca auto valía y estima.  

Naamán, era muy similar a nosotras. En 2da. de Reyes 5, se cuenta la historia que:

Naamán era general del ejército de un país llamado Siria. Era un hombre muy importante y el rey lo quería mucho porque, por medio de él, Dios le había dado grandes victorias a Siria. Pero este valiente soldado tenía una enfermedad de la piel llamada lepra.

A veces los sirios iban y atacaban a los israelitas. En una de esas oportunidades, tomaron prisionera a una niña que fue llevada a la casa de Naamán para ayudar a su esposa. Esa niña le dijo a la esposa de Naamán: «¡Si mi patrón fuera a ver al profeta Eliseo, que vive en Samaria, se sanaría de la lepra!» (2ª Reyes 5:1-3, TLA)

La lepra es una enfermedad que produce protuberancias deformantes, de diversos tamaños y formas en la piel, causando úlceras, pérdida de cabello y miembros del cuerpo. Es una enfermedad que carcome en vida el cuerpo de las personas.

Naamán cubría su lepra con su armadura de general, había que cubrirla, pues en aquellos tiempos las personas con lepra sufrían de rechazo, exclusión social y hasta les trataban de inmundos. Y él siendo un grande general del ejército, con grande renombre y prestigio por sus victorias, ¿cómo habría de revelar su verdadera condición?

Querida amiga, esto es lo que nosotras hemos permitido. Nuestra lepra es del corazón, de nuestro interior. Nuestro corazón está lleno de protuberancias y úlceras por el orgullo, el pecado, por la culpa, amargura, falta de perdón, y tantas otras más. Así como Naamán, cubrimos nuestra lepra con lo que nos colocamos en nuestro exterior: una vestimenta atractiva, un escote amplio, unos enormes tacones, y muchas capas de maquillaje. Pero llega un punto donde la lepra de nuestro corazón ha avanzado tanto, que es demasiado el dolor y sufrimiento. Por un tiempo negamos pedir ayuda, porque sentimos vergüenza y culpa. Y otras veces porque el orgullo de “estoy bien, yo puedo”, nos impide avanzar.

Naamán fue a la casa de Eliseo, un profeta muy reconocido en Israel, a quién Dios usaba de maneras poderosas y milagrosas. Pero Eliseo ni siquiera salió a recibirlo, sino que envió a su criado Giezi para darle el mensaje:

Así que Naamán fue con su carro y sus caballos, y se detuvo a la puerta de la casa de Eliseo. El profeta le envió un mensajero, diciendo: «Ve y métete siete veces en el río Jordán, y te sanarás de la lepra».

Naamán se enojó y se fue diciendo:

«Yo pensé que el profeta saldría a recibirme, y que oraría a su Dios. Creí que pondría su mano sobre mi cuerpo y que así me sanaría de la lepra. ¡Los ríos Abaná y Farfar, que están en Damasco, son mejores que los de Israel! ¿No podría bañarme en ellos y sanarme?» Así que se fue de allí muy enojado. (2ª Reyes 9-12, TLA).

Dios sabe nuestra real condición. Sabe por qué nos ha costado pedir ayuda a Dios para que el sane nuestro interior. Hay cinco razones que no nos permiten someternos al cuidado y control de Dios: el orgullo, la culpa, el temor, la preocupación y la duda.

Así como Naamán, nos hemos llenado de orgullo por lo que creemos que somos, y por lo que hemos hecho. Hemos colocado nuestra propia valía y estima en nuestros logros, fama, éxitos, títulos, dinero, belleza externa, en la aprobación de otros… en cosas del mundo. Pero Dios se opone a todo orgullo y ayuda a los humildes de corazón.

En realidad, Dios nos trata con mucho más amor, como dice la Biblia: «Dios se opone a los orgullosos, pero brinda su ayuda a los humildes.» (Santiago 4:6, TLA).

Puede que hayamos hecho o dicho cosas que nos de mucha vergüenza confesarle a Dios y a personas de bien que nos puedan ayudar. Creemos que Dios nos va a rechazar, nos va a castigar, nos va a condenar y que las otras personas también lo harán. La culpa nos impide pedir ayuda. Y sentimos mucho temor, pues aún no conocemos bien el verdadero carácter de Dios y desconfiamos que él sea verdaderamente bueno. Así que deseamos tener el control, queremos solucionar nosotras mismas los problemas y nos preocupamos, porque en realidad son tan serios estos problemas que nos sabemos cómo enmendarlos. Sentimos que nuestra fe es demasiado pequeña, o casi nula. Sentimos una enorme duda que podamos cambiar, de que nuestra vida puede mejorar. Así que, por mucho tiempo hemos decidido dejar que la lepra de nuestro corazón avance silenciosa pero peligrosamente. Pero Dios, en su enorme misericordia, nos manda una niña de Israel, que nos dice: ¡Ve con el profeta Eliseo! Y aquí Eliseo es un símbolo de la misma imagen de Dios.

Naamán estaba tan enojado porque Eliseo no le atendió y lo mandó a bañarse al Jordán. No lo deseaba hacer; sin embargo, Dios nuevamente en su grande misericordia le habla a través de sus sirvientes. Los sirvientes son aquellas personas que Dios pone en nuestro camino que nos aconsejan que vayamos a la Iglesia, que leamos la Biblia y que busquemos ayuda.

Pero sus sirvientes se acercaron a él y le dijeron: «Señor, si el profeta le hubiera pedido que hiciera alguna cosa difícil, usted la habría hecho. ¡Con más razón, debiera hacerle caso y meterse en el río Jordán para sanarse!»

Naamán fue y se metió siete veces en el río Jordán como le había dicho el profeta. Enseguida su piel quedó sana y suave como la de un niño. Luego Naamán y todos sus acompañantes regresaron a ver a Eliseo. Cuando Naamán llegó ante el profeta, le dijo:

—Ahora estoy seguro de que sólo en Israel se adora al verdadero Dios. Por favor, acepta un regalo de este tu servidor.

Eliseo le contestó:

—No voy a aceptar ningún regalo. Lo juro por el Dios al que sirvo.

Naamán le insistió para que lo aceptara, pero Eliseo no quiso. Entonces Naamán le dijo:

—Permíteme llevar toda la tierra que pueda cargar en dos mulas, porque de ahora en adelante voy a ofrecer sacrificios y ofrendas sólo a Dios. No se los ofreceré a ningún otro dios. Sólo espero que Dios me perdone, cuando mi rey vaya a adorar al templo de Rimón, y yo tenga que acompañarlo. El rey se apoyará sobre mi brazo y tendré que arrodillarme en ese templo, ¡que Dios me perdone! (2ª Reyes 5:13-18, TLA)

¡GLORIA A DIOS, CUÁN HERMOSO ES! Él desea darnos el regalo de nuestra sanidad interna. No tienes que pagar por ella, porque ya alguien pagó un enorme precio para darte esa vida nueva, y es Cristo. Simplemente confía en Él, y Él te limpiará de toda tu lepra. Él sanará tu amor propio, te dará un amor a ti misma que te haga sentir plena, confiada, segura, radiante… ¡HERMOSA! Y así como Naamán, descubrirás quién es Dios, le amarás y le adorarás con toda libertad. Solamente toma esta decisión:

Decisión #3: RENUNCIO AL CONTROL: Comprometo mi vida y mi voluntad al cuidado y control de Cristo.

(Adaptación del libro “8 Decisiones Sanadoras”, de John Baker).

Así que amiga mía, tú tienes un Salvador. Entrega tu vida por completo a Él. Acepta Su voluntad. Sé que sumergirnos en el Jordán suena ilógico, pero seguir los pasos de Dios son la única opción. Lee sus pasos en el manual de vida: La Biblia. Decide vivir bajo la guía de Dios, no bajo tu propio criterio. Si deseas tomar esta decisión, haz la siguiente oración:

Señor Jesús, reconozco que por mucho tiempo he ocultado mi lepra y no he dejado que Tú seas quién me sane. He querido tomar el control, pero ya no puedo vivir igual. Hoy reconozco que solamente Tú eres el Señor, Tú eres el único Camino. Hoy me entrego a ti por completo, a tu voluntad y tu cuidado. Por favor, quita de mí todo temor, toda desconfianza de Ti y de mi misma. Ayuda a mi incredulidad. Regálame un nuevo amor por ti, así como lo hiciste con Naamán. Regálame un nuevo amor hacia Tú Palabra, para que yo la pueda cumplir. Sumérgeme en el Jordán, y lava mi corazón. Sáname Señor, hazme una mujer que se ame a sí misma, que se respeta, que lucha por sí misma, que camine en seguridad y confianza. Hazme esa mujer que Tú anhelas que yo sea. Transfórmame, y haz que cada día yo pueda sentir tu grande amor y cuidado hacia mí. Gracias porque Tú Hijo ya pagó por esta sanidad, porque por sus llagas he sido curada. Te lo pido con todo mi corazón. En el nombre de Jesús, amén.

¡BENDITA ERES MUJER! La decisión de renunciar el control y dejárselo a Cristo, hará que tu vida cambie por completo. Verás cómo Dios te irá lavando y sanando tú corazón y cuando menos lo esperes, saltarás de gozo de saber cuánto amas a Dios, cuanto te amas a ti y a los demás.

En mi próximo post de mi blog, hablaremos de la importancia de auto examinarnos, de cómo poner orden nuestra vida y confesar nuestras faltas, para que nuestro amor propio sane.

Si te ha bendecido este post, compártelo con tus amigas o familiares. Compartamos al mundo la sanidad de nuestros corazones a través de Cristo Jesús.

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