8 Decisiones para Amarte a Ti Misma: 5ta. Decisión

Una de las cosas que más aprecio cuando estoy rodeada de niños, es que puedo reírme junto con ellos. Los niños son tan creativos, tan juguetones y ocurrentes, que el estar junto con ellos es casi imposible no contagiarnos de su alegría y sus risas. ¿Has escuchado un bebé reír? ¡Es tan hermoso escucharlo! Y te contagia tanto su risa que verlo a él tan feliz, te hace a ti feliz. Y ¿sabes algo tan bello? ¡DIOS NOS DESEA HACER REÍR! ¡Sí! Somos sus hermosas niñas, sus pequeñas bebés, a quién Él desea llenar de gozo. Y quiere alegrarse viéndonos ser felices con su grande bondad.

Hoy vamos a aprender cómo Él nos quiere hacer reír, pero primero, repasemos las 4 primeras decisiones para amarte a ti misma:

1. Reconocer que no somos Dios, y que necesitamos ayuda.
2. Comprender que Dios es bueno y le importo.
3. Renunciar a tomar el control para que Dios nos cuide.
4. Examinar nuestros pecados, confesarlos a Dios y a personas de confianza.

¿Cuál será nuestra quinta decisión? Empezaremos a estudiarla a través de una mujer que decidió rendirle el control a Dios y le entregó todo su ser. Ella se llama Sara, una mujer a quién Dios hizo reír.

El Señor le dijo a su siervo Abram que se fuera de su tierra y de su parentela, a la tierra que Él le iba a mostrar. Y lo bendijo diciéndole que de él nacería una nación grande, tanto como un sinnúmero de estrellas. Le dijo que multiplicaría su descendencia y que reyes saldrían de ella. Ya no se llamaría más Abram, sino Abraham, porque lo había puesto como padre de muchedumbre de gentes.

Abram, con su esposa Sarai, tendrían una grande descendencia. ¿Puedes imaginar recibir una noticia así de tu esposo? ¿una noticia y bendición de Dios? Para alegrarse por esta noticia se necesita mucha fe, porque estás creyendo algo que no se ve. Y para Sarai esto representaba un problema, pues… ella era estéril. No sabemos cuántas veces ellos ya habían intentado tener hijos, pero Sarai le costó mucho confiar en lo que Dios le había dicho a su esposo. Por otro lado, el tiempo pasaba, ellos se envejecían y la bendición no parecía venir. Sarai dudó que ella podía tener un hijo, así que decidió tomar el control:

Dijo entonces Sarai a Abram: Ya ves que Jehová me ha hecho estéril; te ruego, pues, que te llegues a mi sierva; quizá tendré hijos de ella. Y atendió Abram al ruego de Sarai. Y Sarai mujer de Abram tomó a Agar su sierva egipcia, al cabo de diez años que había habitado Abram en la tierra de Canaán, y la dio por mujer a Abram su marido. Y él se llegó a Agar, la cual concibió; y cuando vio que había concebido, miraba con desprecio a su señora. (Génesis 16:2-4, RVR 1960).

Abram tuvo un hijo con Agar, la sierva egipcia de su esposa. Su hijo se llamó Ismael, pero esta unión representó una grande molestia para Sarai. Agar miraba con desprecio a Sarai, porque era ella quién sí pudo tener un hijo. No puedo imaginarme las miradas y los desprecios, pero Sarai debió de haberse sentido humillada, muy arrepentida y culpable de haber tomado esta mala decisión.

No sé por qué Sarai desconfiaba de Dios. Las circunstancias de nuestra crianza, lo que vivimos mientras crecíamos, así como las circunstancias actuales, contribuyen a la formación de nuestro carácter, hábitos y autoestima. No podemos cambiar quiénes son nuestros padres, ni cómo nos trataron. Tampoco podemos regresar y cambiar el ambiente de nuestra niñez. ¡Pero sí podemos cambiar nuestras decisiones HOY, con el poder de Dios! ¡Podemos elegir ser responsables!

A medida que leo las Escrituras, puedo percatarme que Sarai decidió ser responsable. Ella realmente se arrepintió, le confesó lo malo que le hizo a Dios y lo impotente que se sentía al ser estéril. Para que una hija de Dios pueda recibir una enorme bendición, primero debe ser transformado su corazón. Debe primero ser limpiado, sanado y fortalecido. Esto puede implicar una grande prueba de espera. Yani Gutiérrez, en su libro “Mírate en este Espejo” menciona: la prueba nos perfecciona, la espera nos prepara, el tiempo nos hace crecer, la persistencia nos adiestra y el horno de fuego nos purifica. 

En el tiempo de espera, Dios fue forjando y moldeando la fe de Sara. Si ella desconfiaba de Dios, tenía que aprender a confiar en su amor y provisión. Ya no tenía que volver a tomar el control, sino cedérselo a Dios, pues Él sabía lo mejor para ella. Ya no tenía que dejarse dominar por el temor, sino descansar en las promesas infalibles de Dios. Dios la convirtió en una mujer sabia, llena de mansedumbre, paciencia y seguridad. Una mujer fortalecida en que Dios podía saciar su corazón mucho más allá que una bendición en sí misma.  

Llegar a tener el carácter de Sara no se adquiere de un día a otro. Desde que Abraham y Sara salieron de su tierra, tuvieron que esperar casi 25 años para que su hijo naciera. Pero antes que esto sucediera, Dios le dijo algo muy especial a Abraham acerca de su esposa:

Dijo también Dios a Abraham: A Sarai tu mujer no la llamarás Sarai, mas Sara será su nombre. Y la bendeciré, y también te daré de ella hijo; sí, la bendeciré, y vendrá a ser madre de naciones; reyes de pueblos vendrán de ella. (Génesis 17:15-16, RVR 1960)

El nombre Sara en su origen hebreo significa “Princesa”. ¡Cuánta esperanza nos da leer esta grandiosa promesa! No importa los graves errores que hemos cometido, ni tampoco nuestras deficiencias de carácter o hábitos destructivos. Dios nos hace sus princesas, y Él nos irá moldeando de tal manera que podamos ser sus hijas de honra. Nos hará ser esas mujeres seguras, confiadas con una saludable autoestima. Y cuando el carácter de Sara ya estaba moldeado, Dios le respondió y le dio a su hijo Isaac. Abraham tenía cien años, y ella noventa. ¡Pero para Dios no hay nada difícil!

Visitó Jehová a Sara, como había dicho, e hizo Jehová con Sara como había hablado. Y Sara concibió y dio a Abraham un hijo en su vejez, en el tiempo que Dios le había dicho. Y llamó Abraham el nombre de su hijo que le nació, que le dio a luz Sara, Isaac. Y circuncidó Abraham a su hijo Isaac de ocho días, como Dios le había mandado. Y era Abraham de cien años cuando nació Isaac su hijo. Entonces dijo Sara: Dios me ha hecho reír, y cualquiera que lo oyere, se reirá conmigo. (Génesis 21:6, RVR 1960).

¡Dios hizo reír a Sara! La hizo reír por una enorme bendición que parecía locura. La hizo reír de felicidad y perplejidad. La hizo reír al ver que para Dios no hay nada imposible. ¿Acaso no lo ves amiga? ¡DIOS NOS QUIERE HACER REÍR! Dios nos quiere hacer tan felices con Su presencia y sus bendiciones, porque somos sus amadas pequeñas. Solo tenemos que seguir el ejemplo de Sara, en cooperar con Dios para que Él transforme nuestro interior. 

Y ¿cómo logro cooperar con Dios para Él me transforme? Primero, tenemos que dejar que Dios transforme nuestra mente, porque de aquí proceden nuestras decisiones y sentimientos. Aparta un tiempo para leer la Biblia, que es la fuente de miles de promesas que te llenan de esperanza para tu cambio. Y hay muchísimos pasajes que nos aconsejan cómo mejorar nuestra relación con Dios, con nosotras mismas y los demás. Memoriza versículos, para que en cualquier momento puedas tenerlos a la mano. La oración es otra gran herramienta que nos ayuda a cambiar. La oración le demuestra a Dios nuestra dependencia hacia Él, y a través de ella desarrollamos una relación muy íntima y única, donde podemos hacer preguntas y escuchar respuestas. La oración nos guía, nos trae paz y descanso a nuestras almas.

A través de la oración, puedes preguntarle qué aspectos de ti han provocado mayores daños en tu vida, y pedirle que empiece a moldearlos para tu bienestar. Pero, no te abrumes. Dios quiere que lleves un paso a la vez:

Así que, no os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán. Basta a cada día su propio mal. (Mateo 6:34, RVR 1960)

Encomiéndate a Dios cada día, y Él te mostrará qué debes de hacer ese preciso día para que trabajes en tus defectos. Cada día te enseñará cómo amarte a ti misma.

Fíate de Jehová de todo tu corazón,
Y no te apoyes en tu propia prudencia.
Reconócelo en todos tus caminos,
Y él enderezará tus veredas.
(Proverbios 3:5-6, RVR 1960)

Cuando finalice el día, ¡celebra tus victorias! Alégrate de los cambios que hiciste ese día, siéntete feliz y orgullosa de ti. Todo cambio pequeño hace una gran diferencia. No te pongas fechas límites, no te sobre exijas. Habrá defectos que tardarán muchos años o talvez toda la vida para ser moldeados. Enfócate en lo bueno que has logrado y sigue aprendiendo de los errores. Disfruta y lucha cada día. ¡Un día a la vez amiga! Dios ya nos prometió perfeccionarnos:

Estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo. (Filipenses 1:6, RVR 1960).

Por otro lado, si tienes amistades o compañeros que no te están aportando en tu crecimiento, sino más bien te están perjudicando, será mejor que te apartes de ellos.

No erréis; las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres. (1ª. Corintios 15:33, RVR 1960).

Esto implica apartarte de personas que no aprecien y valoren tu persona. Necesitas estar rodeada de personas que te ayuden a que seas cambiada de manera positiva. Por último, pero no menos importante, confía en el poder y la gracia de Dios. No confíes en tus propias fuerzas, sino en la fuente de poder de Dios. Le puedes decir en oración a Dios que no sabes cómo obrará ese día en ti, pero que confías en el poder de Su Espíritu para que Él te cambie.  

Decisión #5: INICIO EL CAMBIO: me someto voluntariamente al proceso de transformación que Dios quiera hacer en mi vida y pidiéndole humildemente que me quite los defectos de carácter.

(Adaptación del libro “8 Decisiones Sanadoras”, de John Baker)

¿Quieres tomar la decisión número 5 en tu vida, para que Dios te transforme y te haga amarte con Su amor? Ven y acompáñame a hacer esta oración conmigo:

Padre amado, te agradezco tanto por toda la sabiduría que me has compartido hasta el momento. Gracias por hacerme saber tus verdades y por enseñarme a través de la vida de Sara. Yo te quiero pedir que, así como a Sara, tú me des un nuevo nombre. Llámeme princesa, pues yo deseo reinar honrando y glorificando tu nombre. ¡Hazme reír de tu gozo y amor! Hoy me someto a ti mi Señor, para que me transformes conforme a tu voluntad. Has que cada día yo pueda escuchar tu voz y que pueda seguirla, para que pueda cambiar. Hazme tener un carácter fortalecido y seguro en ti, deseo una autoestima saludable. Haz que emane tu dulce fragancia, que irradie tu amor, tu luz y tu bondad. Haz que cada día yo me ame más con tu amor y que tu Espíritu me transforme como la luz de la aurora, que va en aumento hasta que el día es perfecto. En el nombre de tu hijo Jesús te lo pido. Amén.   

¡Celebremos juntas amiga! Dios ya inició tu transformación a partir de hoy. Verás cómo te has de convertir en esa hermosa mariposa. En mi próximo post de mi blog, hablaremos sobre la importancia de restaurar las relaciones con los demás, para que el amor a ti misma aflore.   

Si te ha bendecido este post, compártelo con tus amigas o familiares. Compartamos al mundo la sanidad de nuestros corazones a través de Cristo Jesús.

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