8 Decisiones para Amarte a Ti Misma: 6ta. Decisión

Mi familia es bastante numerosa, somos seis hermanos y yo soy la más pequeña. Ser la más pequeña de una familia así de grande es muy bonito, ya que puedes ver cómo es la personalidad de cada uno y adoptar comportamientos muy particulares que te agradan. Lo que más me gusta de ser la hermana menor en una familia numerosa es que ¡HE PODIDO APRENDER DE TODOS ELLOS!, tanto de sus virtudes como defectos. Cada uno de ellos tienen aspectos que yo admiro en grandes maneras y me siento honrada de haber nacido en esta familia. Y claro, como toda familia, también hemos tenido desacuerdos. Y de niños también teníamos riñas, pues no somos perfectos. Pero nos amamos y sinceramente nos deseamos el bien entre sí.

La Biblia nos relata la historia de un joven llamado José. Él también era el menor de una familia muy numerosa. Sin embargo, sus hermanos mayores no le deseaban el bien, le deseaban el mal. Pero el Señor hizo una obra maravillosa en José y en todos sus hermanos para que fueran una familia unida, llena de amor y misericordia. Hoy vamos a aprender del ejemplo de José para tomar la sexta decisión para amarnos a nosotras mismas. Pero… ¿recuerdas las cinco anteriores? Si no las recuerdas muy bien, aquí te paso el resumen:  

1. Reconocer que no somos Dios, y que necesitamos ayuda.
2. Comprender que Dios es bueno y le importo.
3. Renunciar a tomar el control para que Dios nos cuide.
4. Examinar nuestros pecados, confesarlos a Dios y a personas de confianza.
5. Someterme voluntariamente al proceso de transformación que Dios quiera hacer en mi vida y pedirle en humildad que quite mis defectos.  

Así que, ¡EMPECEMOS!

Jacob tuvo muchos hijos, pero su hijo amado era José. Una de las razones por las cuáles Jacob amaba a José más que a todos sus otros hijos, era porque había nacido en su vejez. Así que le demostraba su amor a través de ciertos privilegios y regalos. Uno de estos regalos fue una túnica de colores. Esto hizo que todos sus demás hermanos sintieran envidia de José. Además de ello, Dios se le revelaba a José a través de sueños en donde él gobernaría a toda su familia. Al contar estos sueños, los hermanos de José sintieron mucha más envidia y hasta odio por él.

Le respondieron sus hermanos: ¿Reinarás tú sobre nosotros, o señorearás sobre nosotros? Y le aborrecieron aun más a causa de sus sueños y sus palabras. (Génesis 37:8, RVR 1960)

Así que tramaron un plan aterrador ¡PLANEABAN MATARLO! ¿Te imaginas que tus mismos hermanos planeen matarte? ¡Qué terrible situación!

Cuando ellos lo vieron de lejos, antes que llegara cerca de ellos, conspiraron contra él para matarle. (Génesis 37:18, RVR 1960)

Pero su hermano mayor Rubén, se negó a este plan y sugirió que lo lanzaran a una cisterna. Luego de ser lanzado José a una cisterna, Judá intervino:

¿Qué provecho hay en que matemos a nuestro hermano y encubramos su muerte? Venid, y vendámosle a los ismaelitas, y no sea nuestra mano sobre él; porque él es nuestro hermano, nuestra propia carne. Y sus hermanos convinieron con él. (Génesis 37:27-28, RVR 1960).

Para sacarle provecho, lo vendieron como esclavo a unos comerciantes ismaelitas. Tomaron la túnica de colores de José, la sumergieron en sangre de cabra, y engañaron a su padre, haciéndole creer que fue una bestia salvaje que lo había matado.  

Entonces Jacob rasgó sus vestidos, y puso cilicio sobre sus lomos, y guardó luto por su hijo muchos días. (Génesis 37:34, RVR 1960).

José enfrentó muchísimas pruebas luego de ser esclavo. Fue acusado y hasta encarcelado. Pero Dios cumplió su palabra para Él, y esos sueños en la adolescencia, se hicieron realidad. José se convirtió en el gobernante de Egipto, segundo después del rey. Hubo entonces una grande hambruna y la familia de José llegó delante de José a pedir alimento. ¿Cómo contestaría José? ¿Cómo contestarías tú en su lugar? José nos dio un grandioso ejemplo:

Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien, para hacer lo que vemos hoy, para mantener en vida a mucho pueblo. Ahora, pues, no tengáis miedo; yo os sustentaré a vosotros y a vuestros hijos. Así los consoló, y les habló al corazón. Y habitó José en Egipto, él y la casa de su padre; y vivió José ciento diez años. (Génesis 50: 20-22, RVR 1960).

A pesar cómo había sido maltratado por sus hermanos, como fue rechazado y abandonado, cómo fue separado del amor de su padre… José confió en los propósitos del Señor y se negó a guardar rencor y enojo por ellos. Él fue un hombre de perdón. No guardó amargura por ellos, sino que perdonó sus vidas. Más bien, les salvó de la hambruna e hizo que vivieran junto a él en Egipto.

Hay momentos donde nos han hecho tanto daño, que no deseamos ofrecerles el regalo del perdón porque no creemos que es justo. Pero… ¿por qué es necesario que perdonemos?

– Porque Dios ya nos ha perdonado. Mi amiga, debemos de recordar que el Señor ya nos perdonó y nos salvó del castigo eterno. Aun siendo pecadoras, Cristo murió por nosotras. No merecemos tan increíble y hermoso regalo.

Soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros. (Colosenses 3:13, RVR 1960).

Porque el resentimiento no funciona. El rencor y el resentimiento es inútil, no sirve para nada bueno. Todo lo contrario, nos hace daño en nuestro interior. El resentimiento no cambia el pasado ni tampoco a la persona. Solo el Señor puede transformar a las personas. Si no perdonas, te irritas, te angustias y la herida no sana. Hay consecuencias tanto emocionales, como físicas.

Estamos tomando decisiones que nos hagan amarnos a nosotras mismas. Tú no deseas destrucción para tu cuerpo, para tu mente y tu corazón. Tú quieres sanidad y libertad, y es necesario que perdones.

– Porque necesitamos perdón en el futuro. Nosotras también cometeremos futuros errores y necesitamos del perdón de esas personas o de otras. Cuando nosotras no perdonamos, Dios nos dice que eso traerá una consecuencia. La falta de perdón también es un pecado, y todo pecado trae muerte y destrucción.

¿No debías tú también tener misericordia de tu consiervo, como yo tuve misericordia de ti? (Mateo 18:33, RVR 1960).

Y ¿Cómo logramos perdonar?

Primero, debemos aceptar y admitir que estamos heridas ante el Señor. No niegues la herida, no trates de ocultarla o esconderla. A veces escondemos la herida ocultado lo que sentimos, y en vez de ser sinceras, solo mostramos enojo o distancia a la persona para hacer justicia con nuestras propias manos. Deseamos tomar el control y eso no nos permite rendirle al Señor el control total de nuestras heridas y dolor. Entonces, admite la verdad ante Dios y ante ti misma. Le puedes decir al Señor: “Padre, esto me dolió y aún me sigue doliendo. Me ha dolido porque…” (y explicas tus razones verdaderas con sinceridad). 

Segundo, debemos soltar al ofensor y el dolor. Tienes que soltar y perdonarlo una y otra vez, hasta que el dolor vaya disminuyendo. Ya no te aferres al dolor que te provocaron, no guardes más el resentimiento. Cada vez que sientas dolor te puedes decir a ti misma “me duele, y eso no estuvo bien. Pero te perdono, porque Jesús ya me perdonó. Y decido no guardarte rencor, te suelto a ti y la ofensa”. Habrá momentos que tendremos que liberar perdón cara a cara, pero habrá momentos en que no será prudente. Pero extender en nuestro corazón el perdón, sea en una carta, o imaginándonos a la persona, ayuda en grandes maneras.

Y tercero, debemos de reemplazar la herida con la paz de Dios. Debemos soltar el deseo de justicia y dejar que Dios haga justicia por nosotros.

Pero tú, ¿por qué juzgas a tu hermano? O tú también, ¿por qué menosprecias a tu hermano? Porque todos compareceremos ante el tribunal de Cristo.
Porque escrito está:
    Vivo yo, dice el Señor, que ante mí se doblará toda rodilla,
    Y toda lengua confesará a Dios.

De manera que cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí. Así que, ya no nos juzguemos más los unos a los otros, sino más bien decidid no poner tropiezo u ocasión de caer al hermano. (Romanos 14:10-14, RVR 1960).

El Señor es el juez, el Señor es justo. Él va a sopesar las balanzas y tendrá la última palabra. Él sabrá cómo manejar la situación con la persona que te ha hecho daño.

Amiga mía, desechemos toda amargura, todo enojo o rencor a quienes nos han hecho daño. Perdonémosles cuantas veces sea necesario, hasta que esos malos sentimientos desaparezcan. Entreguemos a Dios nuestro dolor y pidámosle que Él sea nuestro vindicador. Confiemos que Dios utilizará todo lo malo que hemos vivido para algo muy bueno. Seamos como José, seamos mujeres de perdón.

Decisión #6: REPARO MIS RELACIONES: evalúo todas mis relaciones. Ofrezco el perdón a quienes me han herido y enmiendo las heridas que les he causado a otros, excepto cuando tal enmienda les provoque dolor a ellos o a otros.

(Adaptación del libro “8 Decisiones Sanadoras”, de John Baker).

Amiga querida, tomar la decisión 6, permitirá que te ames a ti misma. El amor no guarda rencor, el amor perdona. Decide vivir en perdón diariamente, cuantas veces sea necesario. Verás cómo tu cuerpo irá sanando, cómo las irritaciones o depresiones irán disminuyendo. Sentirás cerca la presencia de Dios y descansarás en sus brazos, porque Él tomará el control de tu vida. Si deseas tomar esta decisión, acompáñame a hacer la siguiente oración:

Amado Dios, te doy muchas gracias por mostrarme la importancia de perdonar a otros. Jesucristo, muchas gracias por haber muerto en la cruz en mi lugar y perdonar todas mis rebeliones y deudas. Yo hoy te entrego todo mi dolor, aquí está, por favor sánalo. Perdóname, así como yo perdono a quienes me hayan hecho daño, y suelto toda deuda que tienen conmigo. Descanso en tus brazos, porque sé que Tú bien sabes cómo obrar en ellos y en mí para que todo ayude a nuestro bien. Ayúdame a no guardar rencor, ayúdame a perdonar cuántas veces sea necesario. Libérame y dame sabiduría para saber cómo reparar lo malo que yo he cometido. Haz que Yo demuestre de tu amor, misericordia y perdón. En el nombre de Jesús, amén.

¡¡MUY BIEN MI AMIGA!! Te felicito por orar y tomar esta decisión. El Señor ya está obrando de maneras hermosas en tu corazón y lo irá perfeccionando hasta Su regreso. En mi próximo post de mi blog, hablaremos sobre la importancia de guardar un tiempo especial con Dios, para que seas llenada, instruida y fortalecida en tomar pasos sanos de amor en tu vida. ¡No te lo pierdas!  

Si te ha bendecido este post, compártelo con tus amigas o familiares. Compartamos al mundo la sanidad de nuestros corazones a través de Cristo Jesús.

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