8 Decisiones para Amarte a Ti Misma: 8va. Decisión

Si algo realmente me apasiona, es la docencia. Lo que más me gusta de ella es el tener contacto directo con mis estudiantes, poderles guiar y asesorar de manera personal, y llegar a conocer sus talentos, potenciales y debilidades. Tuve la oportunidad de dar clases a jóvenes universitarios en la carrera de diseño gráfico, y el curso que más me gustó impartir fue “Cromatología”. Este curso es el estudio del color, y cómo este puede ser un arma muy poderosa para transmitir un mensaje en cualquier diseño. Recuerdo en específico el primer taller que debían de realizar: debían de presentar un collage con diversos materiales reciclables con un diseño que les representara, y que fuera con su color favorito. El collage debía de hablar por sí mismo, quién era el estudiante, su forma de ser, sus sueños, sus pasatiempos, etc. Luego debían de presentarlo y explicarlo de forma audible.

Lo interesante de este proyecto es que yo podía llegar a conocer al estudiante mucho más allá de lo que él se podía imaginar. Yo podía observar y evaluar cuánto cuidado, esmero y creatividad podían aplicar para crear algo realmente hermoso, con materiales reciclables. Había de toda clase de resultados, pero sin duda alguna, en este primer taller era donde yo más podía llegar a conocerles y recordarles. Si fuiste uno de mis estudiantes y estás leyendo este blog, créeme… ¡te recuerdo y te aprecio!

Jesús es el Maestro de maestros. Él también nos ha dejado hacer un taller del cual tenemos que utilizar todos nuestros recursos reciclables para aprender, crecer y ser promovidos a otro nivel. Antes de conocer nuestra última decisión sanadora para amarnos a nosotras mismas, vamos a estudiar la vida de un estudiante de Jesús que tuvo que realizar este taller. Su nombre era Simón Pedro.

Pedro fue un hombre escogido por Jesús para que fuera su discípulo; Él fue uno de los amigos más íntimos de Jesús. Pedro fue quién le preguntó a Jesús cuántas veces debemos de perdonar a nuestros hermanos (Mateo 18:21-22). Fue Pedro quién sintió pena y no deseaba que Jesús lavara sus pies, pero que cambió totalmente de opinión cuando Jesús le respondió que, si no lavaba sus pies, no tendría parte con Él (Juan 13:6-9). Pedro fue quién caminó sobre las aguas para llegar a Jesús (Mateo 14:28-29). Pedro fue quien estuvo con Jesús en Su transfiguración, vio resplandecer su rostro como el sol, y sus vestidos se hicieron blancos como la luz (Mateo 17:1-2). Y Pedro fue quién recibió la revelación de parte de Dios que Jesucristo era el Hijo del Dios viviente (Mateo 16:16-17).  

La vida de Pedro con Jesús fue realmente increíble y sobrenatural. Jesús utilizó esos tres años de ministerio para que Pedro fuera amado, transformado, entrenado, capacitado y empoderado para cumplir su misión. Hasta que finalmente, llegaba el tiempo en el que Jesús debía de morir y se los hizo saber a sus discípulos en la cena de Pascua. Entonces Pedro le respondió:

El le dijo: Señor, dispuesto estoy a ir contigo no sólo a la cárcel, sino también a la muerte. Y él le dijo: Pedro, te digo que el gallo no cantará hoy antes que tú niegues tres veces que me conoces. (Mateo 22:33-24, RVR 1960).

Yo aquí puedo ver un Pedro que ama a Jesús, que realmente quiere acompañarle en todo momento, pero debe de admitir sus fortalezas y debilidades. Alguien que es necesario que se acepte a sí mismo, a pesar de cometer los más grandes errores.

La historia cuenta cómo Jesús fue traicionado por Judas Iscariote, como fue arrestado y llevado ante el concilio. Cuando a Jesús lo llevaron al sumo sacerdote Caifás, Pedro le seguía de lejos. Entonces, sentado en el patio, se le acercó una criada y le preguntó y le dijo que él era de los que estaba con Jesús el galileo. Más él lo negó diciendo que no sabía lo que decía. Luego vino otra criada y lo negó, y luego otros vinieron a él para acusarle, y Pedro comenzó a maldecir y a jurar que no conocía a Jesús. Enseguida, el gallo cantó.

Entonces Pedro se acordó de las palabras de Jesús, que le había dicho: Antes que cante el gallo, me negarás tres veces. Y saliendo fuera, lloró amargamente. (Lucas 26:75, RVR 1960).

Amiga mía, ¿te has sentido identificada con Pedro en este punto? Yo sí. Ha habido momentos donde he dicho amar a Dios, pero he pecado contra Él. No somos tan diferentes con Pedro, puesto que a veces hemos negado a Jesús con nuestras propias acciones. No lo hemos reconocido como nuestro Señor, sino que hemos escogido ir detrás del pecado para que nos llene y tome el lugar que solo a Cristo le pertenece. Nos hemos refugiado en alguna adicción, algún complejo y también en heridas porque no hemos confiando en que Jesús nos pueda transformar. Estamos hundidas, queremos cambiar y lloramos amargamente como Pedro.

Pero Jesús sabe nuestra condición, y comprende nuestras grandes debilidades:

Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. (Hebreos 4:15, RVR 1960).  

Y Jesús ya tenía un plan redentor para transformar a Pedro y liberarlo por completo de este pasado tan doloroso. Cuando Jesús resucitó, se les apareció a sus discípulos y le dijo a Pedro:

Cuando hubieron comido, Jesús dijo a Simón Pedro: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas más que éstos? Le respondió: Sí, Señor; tú sabes que te amo. El le dijo: Apacienta mis corderos.

Volvió a decirle la segunda vez: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? Pedro le respondió: Sí, Señor; tú sabes que te amo. Le dijo: Pastorea mis ovejas.

Le dijo la tercera vez: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? Pedro se entristeció de que le dijese la tercera vez: ¿Me amas? y le respondió: Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo. Jesús le dijo: Apacienta mis ovejas. (Juan 21:15-17, RVR 1960).

¿Acaso no te das cuenta amiga? Por cada vez que Pedro negó a Jesús, el mismo Jesús le respondió con amor el llamado que Él le entregaba a su discípulo. Pedro debió de haber recordado en ese momento las tres veces que le negó porque se puso triste, pero Jesús se lo hizo recordar para darle una nueva identidad. Para hacerle saber que no importa cuántas veces cometamos errores, Él nos perdona. Todas esas punzadas dolorosas de los graves errores que hemos cometido, Él los sanará. Él nos invita a seguirle y aún en nuestras imperfecciones, desea usar todo nuestro dolor para cumplir Su llamado en nosotras.

Pedro entonces supo el amor de Cristo hacia Él. Creyó con todo su corazón que Jesús lo amaba incondicionalmente, no importando lo que había cometido. Y tampoco importando si caería, Jesús siempre lo amaría. Así que, con esa convicción, Pedro se convirtió en un grandioso predicador del evangelio. Mira el poder de Dios en Pedro, cuando impartió su primer discurso:

Así que, los que recibieron su palabra fueron bautizados; y se añadieron aquel día como tres mil personas. (Hechos 2:41, RVR 1960).

¡INCREÍBLE! Como tres mil personas aceptaron las buenas nuevas de salvación a través del primer discurso de Pedro. Tu mayor contribución a este mundo no viene de tus puntos más fuertes, sino de tus mayores debilidades. Dios se especializa en utilizar a personas débiles como Pedro, como tú y yo, para que Él se glorifique.

La recuperación genuina se adquiere cuando tu entiendes que Dios usa todas tus debilidades y tu dolor. Tu vida cobra un nuevo sentido, un nuevo propósito. Dejas de enfocarte solamente en tus necesidades y empiezas a ayudar a otros.

Dios permitió que Pedro le negara y sufriera mucho, para que Él se diera cuenta que no podría con sus propias fuerzas cumplir su llamado. Pedro necesitaba aprender a depender únicamente del poder de Dios. Lo entrenó para ser humilde, compasivo, sensible al dolor de otros. Jesús lo preparó para servir.

Así que, la última pero no menos importante decisión sanadora para amarnos a nosotras mismas es:

Decisión #8: RECICLO EL DOLOR, OFREZCO MI VIDA A DIOS para llevar esta buena nueva a otros, a través de mi ejemplo y mis palabras.

Deja que el Señor use hoy tu dolor. No lo desperdicies, quedándote solita con tus heridas. Deja que Dios las sane y luego las utilice para servir a otros y compartir de Su amor. Utiliza todos tus materiales reciclables para concluir con este taller, y hacer una obra maestra de ti misma, acompañándome en esta oración:

Amado Jesucristo, cuantas gracias te doy por tu insondable e incondicional amor hacia mí.  Gracias por amarme, aun siendo pecadora. Gracias por entregar tu propia vida, para que yo pudiera tener el increíble regalo de ser transformada y glorificada por tu nombre. Yo hoy acepto esta decisión en mi vida. Usa todo mi dolor para tu gloria, usa todo mi dolor para que yo lleve tu amor y las buenas nuevas de salvación a otros. Hay demasiada necesidad afuera, pero hoy te digo ¡heme aquí! Úsame como tu desees, mi corazón y mi vida entera te pertenecen. Perfecciona tu obra en mí, para que cuando vengas por segunda vez, sea una esposa vestida de blanco, resplandeciente y sin mancha alguna. ¡Te amo con todo mi ser! En el nombre de Jesús, amén.

Si te ha bendecido este post, compártelo con tus amigas o familiares. Compartamos al mundo la sanidad de nuestros corazones a través de Cristo Jesús.

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